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AMLO y México, deben apropiarse del bienestar público

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México, abre los espacios de su tiempo para apreciar los contenidos programáticos que debe tener Andrés Manuel López Obrador para elevar sus propuestas de una manera centralizada y primordial, de esta manera la historia democrática nos hace ver que al Presidente número sesenta y tres, 63, que sustituirá a Enrique Peña Nieto, debe favorecer a los ciudadanos y dejar de un lado su populismo para, sin cortapisas generar certidumbres para transitar como una nación en paz y, en un entorno de civilidad democrática las demandas de necesidades de una población que posiblemente ya supere los 120 millones de habitantes, muchos de ellos seducidos bajo el encanto de las promesas y la recompensa fácil. Mal acostumbrados por estirar la mano para paliar sus carencias.
Un reto mayúsculo para mostrarse y dar resultados, ya que los ciudadanos que apostaron y condicionaron su voto, exhiben poca tolerancia para seguir padeciendo y sacrificándose, en un país que lo tiene todo, y poco les da, percibiéndolos a futuro con una exigencia permanente sobre lo prometido. Ya lo decía Napoleón: “El espacio se puede recuperar, el tiempo jamás”, y ese tiempo perdido en una historia plagada de penurias y sacrificios, no se quiere volver a repetir.
Necesidades que hacen imperiosa las acciones de mejora para consumarse dentro de la brevedad posible, para no dejar escapar el presente; evadiendo añorar un pasado o anhelar un futuro, dos tiempos que dejaron de existir para 52 millones de pobres, porque la memoria y la imaginación, el recuerdo y la esperanza los ha postrado y delimitado desde que nacen, sucumbiendo la mayoría de las veces con el mismo estigma.
Independientemente del elegido, el personaje que emprenda la titánica labor de gobernar a México, indiscutiblemente tendrá que operar un sacudimiento integral de limpieza, depuración y reorientación del sistema en que se sustenta la gobernabilidad nacional.
Reconstrucción que le permita volver a entablar un diálogo de confianza y participación con la sociedad que ha dejado de creer en sus gobernantes y desecha un sistema político, administrativo y judicial corrupto, ineficiente, lleno de impunidad que ha corroído a las instituciones y el Estado de derecho, factores indiscutibles para una convivencia deseable entre gobernados y gobernantes.
Reconversión que deberá efectuarse a través de procesos pacíficos y ordenados, con especial cuidado en los factores económicos y sociales, dejando atrás promesas irrisibles de ejecución, transitando por un marco de actuación como lo señalará Octavio Paz: “Para que nuestro pasado despierte, se levante y camine de nuevo, se necesita libertad y democracia”.
Sin duda alguna, las campañas electorales que regularon esta contienda, dejaron un vestigio claro y unánime de entendimiento entre la población mexicana que demanda un “cambio” político-económico-social de aplicación inmediata, con resultados tangibles. Una sacudida a fondo para el sistema político, de gobernanza en sus tres niveles de gobierno, con la misma aplicación para el Poder Legislativo y Judicial que erradique un gobierno que gasta deficientemente y abusa de los bienes de la nación.
Sectores infiltrados en menor o mayor medida por la ineficiencia y corrupción, que directa o indirectamente los ha orientado para construir “muros” inquebrantables en defensa de sus prebendas, concesiones y privilegios, detonador de la impunidad que tanto daño hace al país. Estamos frente a un nuevo ciclo modernizador que debe sobreponerse al que cada sexenio se inaugura con buenos augurios y muchas ilusiones, pero que siempre queda inconcluso, con más detonadores de carencias e insuficiencias, arrastrando y afectando a su población más vulnerable como su primera víctima.
Un nuevo ciclo donde descanse una sucesión de hechos y no una narrativa, donde sea factible la combinación de la democracia, derechos humanos, justicia social y progreso material.
En el México de hoy, ya no se debe improvisar y menos llegar a aprender, ya que el tiempo es lo que menos se debe dilapidar para un sector de la sociedad de carencias diarias.
A Winston Churchill se le acredita la siguiente expresión, una vez que concluyó la Segunda Guerra Mundial con la capitulación alemana: “Bien, éste no es el final (de la lucha), no es siquiera el principio del fin. Pero sí es quizá, el final del principio”.
Una anécdota propicia para aplicarse al cambio sexenal que experimentaremos, donde vivimos el final del principio, debiendo acatar la voluntad que expresó en las urnas la ciudadanía, con la esperanza y convicción que se generará el cambio que fortalezca, unifique y detone el bienestar prometido. Una alternancia que como dicen los expertos, le da salud a la democracia mexicana que apostó por un nuevo inquilino, convirtiéndose en una incógnita si podrá construir una nueva casa, pero, sobre todo, si podrá desechar a los habitantes del antiguo edificio blindado con el “autoritarismo” y “corrupción” que los distinguió, además de desalojar a los “farsantes” que ofrecen edificaciones difíciles de construir.
En este sexenio que se avecina, el México del siglo XXI debe dar muestras de que se arriba con madurez democrática, sin visos de un retroceso por una conducción personal, distorsionada e irresponsable. Porque el Ejecutivo federal no es el dueño del país, sino el depositario del mismo, con la mayor responsabilidad de rendir cuentas a la sociedad plural que conforma esta nación.
Un ejecutor que debe dejar atrás un autoritarismo que dejó huellas y estropicios inaceptables para que se vuelvan a repetir, evadiendo una transitocracia que descansa en la sordera, fomentando el dialogo constructivo factor indiscutible de la democracia. Una democracia pacífica en la confrontación de pareceres, serena decantación de razones y argumentos, con la multiplicación de espacios de diálogo, la corrección meditada de rumbos y la aceptación de la perfectibilidad humana personal y social.
Una nación a la que le sobra pasado, sufre con su presente, y se imposibilita de construir un futuro promisorio.
Un México plural, que no cabe bajo el manto de un solo partido, corriente política o la dirección de un personaje; con una sociedad que se encuentra cruzada por sensibilidades, puntos de vista, intereses, ideologías varias, que están obligadas a convivir y competir.
Cada generación y cada nación tienen que descubrir, y descifrar, su propio destino. El destino de cada generación contiene códigos cuyo desciframiento no siempre es de fácil explicación. El doctor Ernesto Guevara de la Serna pudo haber hecho de su vida lo que tenía programado en un principio. Como todos los cirujanos internistas, dedicarse a operar hernias, apéndices y vesículas. Tener su consultorio en una policlínica de la ciudad. Dar conferencias en la sociedad médica. Casarse y, todas las mañanas, llevar a sus hijos a la escuela. Ejercitarse en el club. Ganar mucho dinero. Vacacionar con su familia. Prepararse para vivir 75 años. Ver titulados y casados a sus hijos, y conocer a sus nietos.
Sin embargo, resulta que decidió otro destino. Abandonó el programado y fue a buscar otro país, otro camino y otros ideales. Encontró el trópico, pieles doradas y otros males que curar. Cambió todo y el doctor Guevara de la Serna se convirtió en el comandante “Che” Guevara.
Recuerdo una frase de Martin Heidegger: “Hemos convertido al mundo en algo que existe por y para nosotros. Nuestra arrogancia ha hecho de la tierra un recurso descartable”
Aquí aparece un reto ineludible para la actual y las futuras generaciones. El tránsito generacional se ha complicado. Los mexicanos de esta generación han vivido bajo sistemas políticos, económicos, sociales y culturales diseñados por nuestros padres y por nuestros abuelos. Es decir, por los mexicanos que ya no viven.
Decía José Ortega y Gasset que hay generaciones a las que les toca ser precursoras, diseñar su escenario, imaginar su entorno, fundar el futuro. A otras les toca ser herederas. Capitalizar el logro fundacional. Engrandecerlo y ennoblecerlo. En síntesis, consolidarlo.
Es, entonces, donde surge una de las dudas que incide en el pensamiento político de nuestros días. Se refiere a la necesidad de establecer las condiciones de gobernabilidad de nuestros días, independientemente de las del mañana, pero también cada nación tiene que aplicar el esfuerzo obligatorio para descifrar su destino, para encontrar el propio y para respetar el de los demás.

Pensemos, como ejemplo, en el destino chino a partir de su sistema constitucional. Comparemos el catálogo mexicano de garantías individuales con el chino. El contraste no podría ser mayor, por lo menos con la estructura constitucional china de hasta hace algunos años. Desde luego, la ausencia de la garantía de propiedad, característica de los países con economía de Estado. Prosigamos con la ausencia de las garantías de libertad de educación, de libertad de trabajo, de libertad de tránsito y de libertad de planificación familiar. La rigidez en las garantías de libertad de expresión, de libertad de asociación y de libertad de manifestación. No abundaría, ya, en la libertad de credo religioso o político.
Quiero ratificar, una vez más, mi absoluto respeto por los sistemas jurídicos y políticos que cada país se ha dado por haber considerado que son los mejores para el encuentro de su destino. Incluso, diría que en el caso chino no sólo me merece respeto, sino el reconocimiento de un acierto histórico hoy indubitable e incuestionable. Jamás pensaría que el modelo chino es el idóneo para México y daría todo por evitar que lo adoptara, pero estoy convencido de que, sin él, los chinos se hubieran desbarrancado en un precipicio sin fondo.
Por eso conjugaré en pretérito imperfecto. Consideremos que si China no se hubiera convertido en la República Popular China, si no hubiera optado por el comunismo, si no hubiera establecido su sistema de planificación central, si no hubiera instalado su economía de Estado y si no hubiera adoptado un modelo constitucional restrictivo, se hubiera producido una de las calamidades más grandes de la historia de la humanidad y, desde luego, la mayor catástrofe política del siglo XX.

Ese enorme conglomerado humano se hubiere embarcado en una miseria irreversible; se hubiere fracturado políticamente y hubiera detonado socialmente. Sin ningún control demográfico hoy serían 2,500 o 3,000 millones de chinos, a pesar de los 500 que hubieren muerto en medio siglo de hambrunas y de guerras civiles. Las consecuencias hemisféricas hubieran sido brutales; 200 o 300 millones se hubieran refugiado en India, y otro tanto en Indochina y en Japón. Descuento en esto a Europa y a América.
Sin embargo, las consecuencias globales también hubieren sido cataclísmicas. Por hacerse de las enormes riquezas naturales chinas, que no hubieran tenido ni dueño ni mecanismos de defensa, las ambiciones rusas y norteamericanas le hubieran dado en la médula a todo el planeta. Si por Vietnam y por Cuba estuvieron a punto de hacerlo, no creo que alguien pueda contradecirme lo que hubieran hecho por China.
Es así como la historia nos devela sus ocultos significados y cómo, en el cumplimiento del destino de cada nación, se puede encontrar comprometido el destino global de la especie.
Esto tiene mucho que ver con la búsqueda del destino mexicano, en el que estamos enfrascados, en los tiempos actuales, bajo la denominación genérica de reforma mexicana y cuyo propósito fundamental está conectado con el de la gobernabilidad.
Todo proceso de desarrollo -natural, social, personal- contiene etapas de una continua dinámica de transformaciones abierta a los nuevos días, al futuro. Así lo demuestran los testimonios de los acontecimientos humanos y el sentido oculto de las mutaciones de todos los seres vivos y de los hechos naturales.
La reflexión y la transformación interior nos indican el camino de nuevas posibilidades de cambio, aspectos distintos de las crisis experimentadas que han permanecido largo tiempo definidas, transparentes, visibles a primera vista.
Por lo general, los cambios aportan períodos brillantes y distendidos que son propicios para favorecer la evolución de nuestro contexto histórico, la evolución de los seres humanos, principalmente, y de sus momentos extraordinarios de creatividad, de sabiduría y de bienestar.
Podemos decir que el cambio es el generador de un tiempo lleno de grandeza, de fortuna y de libertad. Con los cambios se superan las crisis, las épocas conflictivas, los largos y difíciles días llenos de carencias; los mecanismos y motivaciones anquilosadas que impiden la renovación de los valores y objetivos de la comunidad. En los últimos 30 años hemos estado sujetos a mecanismos anquilosados que no funcionan.
Tanto en el ámbito de las personas como en el de los países, las fuerzas sociales actúan interrelacionadas cuando una grave situación conflictiva deja el camino abierto al cambio que generan progreso y estabilidad. Si este proceso de transformación está correctamente equilibrado, y es producto de una planeación correctamente calculada, puede producir resultados que aseguren las posibilidades de éxito más satisfactorias tanto de los objetivos fundamentales como de los mínimos detalles.
Este cambio debe contener la verdad colectiva y universal de la que nace. Decía Confucio: “si pones tu mente en la humanidad te librarás del mal”.
Según este planteamiento, el caos o el desorden social no tendría razón de ser, y los daños no podrían afectar la capacidad de la comunidad de fortalecer su desarrollo de acuerdo con la firmeza de sus nacientes perspectivas de crecimiento y de la reciente condición de los imperativos y sentimientos personales.
Tenemos derecho a preguntarnos: ¿no es el cambio el motor mismo de la Historia? El derrumbe de los viejos esquemas de vida social ha dado lugar a la adopción de estilos diferentes con los que se expresa el pensamiento de la sociedad moderna.
Sin importar el resultado, en esta elección vimos el triunfo de dogma sobre el racionalismo, tal como ocurrió en Estados Unidos, que en estos momentos sufre uno de los errores más grandes de su historia con Donald Trump.
La soberbia del individualismo no pudo derrotarlo. Deseamos lo mejor para Andrés López. Contra lo que muchos pensaban, la campaña política no ha terminado. En lugar de las plazas públicas ocurre en la escalinata de la casa de transición del candidato ganador.
AMLO sigue en pie de lucha como dirigente de un partido y no como virtual presidente electo.
Eso de “entregar el poder al pueblo” dejó de funcionar hace medio siglo. Era la gran idea romántica, benefactora que, de hecho, se convirtió en autoritarismo.
No por nada, en un solo día, los empresarios, preocupados, pidieron, no sabemos a quién, pero sonó a grito desesperado, un “contrapeso” al inmenso poder ahora ostentado por Morena y López Obrador no sólo en el Congreso nacional y los locales, sino en toda materia política.

 

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