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Celibato, delito o hipocresía en el vicariato románico.

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La vida clerical, viene siendo observada y estudiada acuciosamente desde el siglo XV y, la clave de estos estudios, lo constituye el celibato, como condición para que un hombre sea llevado a la categoría de sacerdote. La aceptación del celibato como condición para ser consagrado sacerdote empieza a consolidarse en el Concilio de Nicea, 325 años después de Cristo y sólo en 1123, en el Concilio de Letrán, se convirtió en ley canónica obligatoria. No existe ninguna base evangélica que permita imponer al clero el celibato obligatorio. A lo sumo existiría una exégesis errónea de los versículos 19,10 del Evangelio de San Mateo, originada en una traducción incorrecta del texto griego (primera versión que se tiene de su original hebreo), cometida al hacer la versión latina, conocida como Vulgata.
se ha demostrado que los miembros del clero en un altísimo porcentaje, calculado en un 60 por ciento del total, tiene una vida sexual activa, ya sea vergonzante o pública. Lo cierto es que, existe un drama silencioso en los grupos familiares, porque, ninguno de sus miembros se atreve a ejecutar la corrección necesaria para truncar cualquier desvío en los menores que se vinculan a ese grupo ciudadano, quebrantado por la carencia de Fe y Razón.
la homosexualidad, la masturbación, el uso de la prostitución, el sadomasoquismo, el abuso del poder como vía para cometer atropellos sexuales, el drama silencioso de las mujeres que mantienen relaciones amorosas con un sacerdote, el desprecio de éstos por el mundo de la mujer, el abuso de menores, son simples ejemplos y puntos bien conflictivos, como la explicación de por qué la Iglesia Católica insiste en el celibato obligatorio, el silencio o la tolerancia ante situaciones aberrantes por parte del alto clero, el celibato como mecanismo de control básico dentro de la estructura clerical católica, la tendencia del clero a acumular riqueza económica como compensación de la carencia sexual y afectiva, el daño sicológico que ésta produce en los religiosos, las aberraciones a que lleva entre ellos el sexo vergonzante.
La historia religiosa y civil es muy interesante, luego de la propagación del imperio romano, cuando abrimos un texto o internet, nos damos cuenta que el Papa Juan XII en el año 964 fue muerto de un martillazo por un marido que lo pescó en la cama con su esposa o, que durante varios siglos existió un tributo que los religiosos que tenían concubinas pagaban a la Iglesia y que se llamaba 'renta de prostitución'.
Esto, del celibato, ha creado un síndrome en las iglesias, porque constituye una crisis sexual. Se plantea que no todos los célibes son abusadores de menores y que abusadores también se encuentran entre casados, entre no religiosos y en las propias familias. Estos hechos, sin embargo, solo demuestran que el abuso sexual infantil es un fenómeno complejo que tiene distintas causas, pero no permiten excluir, como causa basal de comportamientos sexuales impropios, a una sexualidad bloqueada y reprimida predicada como virtud cuando, en realidad, constituye el caldo de cultivo de expresiones delictuales o, al menos, insanas, pecaminosas y problemáticas de la sexualidad.
el celibato “hace que se viva una doble vida y contribuye a una cultura de secreto e hipocresía y esta cultura parece contribuir a que se soslaye la transgresión del celibato y se minimice el abuso sexual como un lapso moral perdonable”.
Los comportamientos sexuales impropios de los consagrados vienen dejando como consecuencia miles de menores abusados, miles de hijos y madres ocultos en el anonimato, miles de millones de dólares pagados en indemnizaciones por la Iglesia a víctimas y centenares de investigaciones. La pérdida de confianza llega a tal punto que en muchos colegios católicos han llegado a vidriar los confesionarios o a reglamentar que las confesiones se realicen en ambientes expuestos a la mirada pública. ¿Cómo se puede conducir un rebaño cuando las ovejas temen y desconfían de sus pastores? ¿Qué organización basada en la desconfianza resulta sustentable?
La incapacidad de la Iglesia para manejar el comportamiento sexual de sus consagrados se mantendrá mientras no cambie los supuestos falaces sobre sexualidad que su doctrina contiene, e incorpore una visión positiva de la sexualidad humana basada en el mejor estado actual del conocimiento psicológico.
No obstante que la concepción geocéntrica del universo no era un dogma y su cambio no generó ningún derrumbe del sistema de creencias en la Iglesia Católica, sus teólogos demoraron siglos en aceptar la realidad mostrada por la ciencia.
La cuestión fundamental de la crisis, entonces, es que las creencias eclesiásticas sobre sexualidad, y las prácticas institucionales promovidas por tales creencias (castidad, virginidad, abstinencia y celibato), constituyen un paradigma que colisiona con la ciencia psicológica, tal como el geocentrismo teológico colisionó con la ciencia astronómica.
Los teólogos tienen la palabra… Pero no solo ellos. Debido a los trascendentes y generalizados impactos negativos que el paradigma sexual de la Iglesia tiene, su cambio debe ser exigido por los propios consagrados, por sus víctimas y por las comunidades y gobiernos de países en que la Iglesia Católica opera.
Escrito por Emiro Vera Suárez, Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del Lenguaje jurídico. Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo. AESCA. Trabajo en El Espectador, Tribuna Popular de Puerto Cabello, columnista del Aragüeño y coordinador cultural de los diarios La Calle y el Espectador- Valencia. Hora Cero.

 

 

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