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Fuego en el campamento de los odriles.

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Fuente Literaria/
Relato de Ciencia Ficción /2 ° parte/ 3
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Cerca del Castillo del Cerro Azul, en el campamento de San Sebastián, la acción empieza a transcurrir en el pueblecito innominado, donde dos familias, se enemistan y trastocan su filiación por la violencia política, desatada con anterioridad. Algunos despertaron odio por el invasor hasta llegar a la violencia disfrazada de política, algún vecino hace causa común por las ofertas dadas y, los otros se incorporan a la subversión.
Los insultos y el asco, inspiran a los despreciables. La gente se acerca a la casa del gobierno para pedir la libertad de los presos políticos. Hay dinero corriendo por las calles para ser ofrecido, desde la taberna.
Grandes naves, empiezan al muelle desde afuera so máquinas para matar a los jóvenes de los diversos campamentos, implacables son los soldados cuando toman represalias, porque quieren alimentos, oro, café, cacao y diamantes, van acompañados de sus propias sombras, cunde el pánico.
Salín Sorom, disfraza sus sentimientos, porque tiene miedo y se cubre de pandillas que saquean y asaltan los pueblos, acompañados de soldados y gendarmerías, amantes del mal.
Los federales le piden cada vez más dinero y él lo entrega, para llevar la fiesta en paz, pero las demandas son cada vez mayores y, pasado cierto límite, deja de hacerlo. Entonces, todas las paredes del lugar se llenan de inscripciones llamándolo traidor, vendido, cobarde y miserable. La gente deja de saludarlo; el repugnante párroco, don Serapio, le aconseja marcharse.
Las gentes de Patria no son héroes epónimos ni grandes villanos, sino seres comunes y corrientes, pobres diablos algunos de ellos, que no tendrían el menor interés en otras circunstancias. Los más interesantes no lo son porque posean virtud excepcional alguna, sino por la ferocidad con que se abate sobre ellos la violencia física y moral, condenándolos a unas rutinas hechas de hipocresía y silencio en "este país de los callados", y por la estoica resignación con que soportan su suerte, sin rebelarse, sometiéndose a ella como si se tratara de un terremoto o un ciclón, es decir, una tragedia natural inevitable.
La gente de San Sebastián no son héroes epónimos ni grandes villanos, sino seres comunes y corrientes, pobres diablos algunos de ellos, que no tendrían el menor interés en otras circunstancias. Los más interesantes, no lo son porque posean virtud excepcional alguna, sino por la ferocidad con que se abate sobre ellos la violencia física y moral, condenándolos a unas rutinas hechas de hipocresía y silencio en "este país de los callados", y por la estoica resignación con que soportan su suerte, sin rebelarse, sometiéndose a ella como si se tratara de un terremoto o un ciclón, es decir, una tragedia natural inevitable.
Lo que yo veo son historias, muchísimas, las que me conto, Felicita Torrens de Suárez, las que viví, leí, inventé y escribí. Las más antiguas, sin duda, son aquellas que me contaban en San Esteban pueblo a que mi tío Alejandro. la abuelita y la Mamaé para que fuera tomando la sopa y no me volviera tuberculoso. La tisis era el gran cuco de la época, como lo sería décadas después el sida, al que, ahora, la medicina también ha conseguido domesticar. Pero de cuando en cuando se desatan todavía las pestes medievales que asolan el África, como para recordarnos de vez en cuando que es imposible enterrar del todo el pasado: lo llevamos a cuestas, nos guste o no.
Ahora, esta pesadilla, u hombre, venido de otras tierras, a querer apoderarse del Cerro Azul, lo que no hicieron los antiguos españoles.
Ya los dragones y escuderos bordeaban el rio San Esteban hacia el Fortín Solano para cuidar los muelles y La Bahía hasta Patanemo.
Ya Yumar, esperaba a Quazil en el puente fronterizo para tomar y festejar la alegría de lunas pasadas, los caminos lucían enmontados por el invierno y los caballos se machascaban en el paso, por el lodo. La galaxia, despertaba el anochecer por sus luces y el sonido de los barcos a medianoche, por el trinar de sirenas.
Mientras, el cura moría, por cinco lanzas trazadas en su espalda. Por traidor.

 

 

 

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