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Iván Duque Marquéz

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Hombres que Hacen Historia
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Gustavo Petro, no puede ser presidente de Colombia, ha demostrado sser un pestilente demagogo y que niega su amistad con Hugo Chávez Frías, nuestro presidente fallecido y difama de nuestro presidente, Nicolás Maduro Moros. Lo que sí es conocido, su carrera política desde su posición de líder en el movimiento guerrillero M-19, es que desea ser presidente de la República de Colombia
La ignorancia selectiva de Petro sobre cifras y hechos económicos es su principal arma populista. ¿Por qué no les habrá dicho a sus seguidores que las exportaciones de aguacates no superan los US$50 millones anuales (a pesar del TLC con Estados Unidos), mientras que las del petróleo y carbón bordean los US$20.000 millones anuales? ¿Por qué Petro no habrá mencionado que la productividad del país ha estado estancada en la última década y, por lo tanto, la economía colapsaría si pretende forzar más trabajadores en las fábricas o el campo? ¿Por qué no cuenta que los servicios de salud más deficientes son precisamente los que carecen de un sistema EPS-IPS (como el de los maestros), invitando a revivir las corruptelas del antiguo ISS? La respuesta es que los demagogos fundamentan sus fantasías en la mentira e ignorancia selectiva.
Otra característica de los gobernantes populistas ha sido generar burocracias para asegurar a futuro una fuente de votos cautivos. Pues bien, eso fue precisamente lo que montó Petro en las entidades públicas de Bogotá y que tantos dolores de cabeza le ha generado a la buena Administración Peñalosa a la hora de desmontar nóminas insostenibles.
No olvidemos que esta ha sido la principal fuente de la debacle argentina, donde el presidente Macri aún hoy tiene serias dificultades para achicar la excesiva burocracia y ajustar el costo de los servicios a niveles que hagan viables las empresas que por décadas saquearon los peronistas.
Otro falso discurso Petrista ha sido que Duque trabajará en pro de la mayor desigualdad a través de adoptar impuestos regresivos. Aquí lo factual, para aquellos que se acercan a Petro desde la arista de la Paz-Santista, es que fue a Santos II el que le tocó aplicar ese libreto a través de la Ley 1819 de 2016, subiendo el IVA a 19% y bajando las tasas corporativas de 53% a 33%.
Pero esto se hizo precisamente para atraer mayor inversión y generar más empleo.
Entonces nos dice el falso Petro que entrará a gravar la tenencia ociosa de la tierra, pero sin vías y seguridad esta no podrá ser rentable como para que sea una fuente de mayores ingresos. Claro que en este último frente queda mucho por hacer y así hacer del campo no solo fuente de empleo, sino también de base tributaria, que es precisamente el desafío del posconflicto.
Se requiere eliminar exenciones tributarias y luchar contra la evasión-elusión; estos son los grandes temas ausentes en Petro, pues solo habla de un trasnochado socialismo-bolivariano donde pululan los subsidios (universidades para todos gratis). Pero él no presta atención a los riesgos fiscales y de hiperinflación, que han sido el común denominador del gobierno populista de Venezuela.
Ante el escenario de incertidumbre y desconcierto que dejaron los resultados de la primera vuelta de elecciones presidenciales en Colombia; también se tienen dos certezas; la primera que el miedo es el protagonista de la democracia en el país y que la visión dualista continúa alimentando la polarización.
Estas dos certezas en este escenario de incertidumbre son los síntomas ahora visibles de un país que está en proceso de comprender qué es construir paz.
El miedo ha sido el ganador de las elecciones, fue el centro de la narrativa que llevó a muchas personas a definir su voto, ahora, el miedo continúa siendo el protagonista frente a la decisión de extremos en la cual se encuentran los 36 millones de colombianos aptos para votar, porque los simpatizantes de cada extremo temen que gane el opuesto, y los que están en el centro temen que gane alguno de los extremos.
La segunda certeza es que aún prima la polarización, ya que, aunque se propusieron nuevas posibilidades intermedias, que acogimos la cuarta parte de los votantes, fue evidente que no alcanzó para iniciar un camino sin extremos y desencuentros.
El miedo y la polarización son características propias de países que han vivido conflictos prolongados, como es el caso de Colombia; donde la población está dispuesta a ceder la libertad por ganar orden y seguridad; donde las ciudadanías del miedo se alimentan del temor imaginario a que se repitan las violencias vividas; donde la desconfianza impide creer que se puede evolucionar; donde los intereses individuales ganados por la minoría están por encima del bien común; donde hay una cultura de invisibilizar los verdaderos problemas y además naturalizarlos, y donde la falta de esperanza inmoviliza las acciones constructivas.
Colombia es un país que ha vivido en conflicto por más de cinco décadas y está permeado de una cultura de dualismo entre el bien y el mal, o entre estar a favor o en contra; aspecto que es visible en los diálogos cotidianos donde priman los juicios de valor que llevan a construir bandos, división y polarización; creando fronteras y posiciones que pareciesen irreconciliables.
.En palabras de Lederach, es movilizar la imaginación, elevar a un nuevo nivel las relaciones, suspender los juicios de valor al negarse a forzar historias artificiales e incluso sin fundamento que han llevado a la polarización social.
Lo que hoy paradójicamente está dividiendo es lo que en esencia los debería de unir y es la paz; porque esta no tiene dueño político, es de todos y se hace entre todos. “La paz es un asunto humano y solo funciona si la sociedad entera la toma en sus manos o, de lo contrario, no es posible conseguirla” (Padre de Roux).
Comprender los resultados electorales con una mirada más allá de un voto, debe permitir visualizar que la democracia no es solo un acto electoral, es recuperar la capacidad de involucramiento de los 50 millones de colombianos para imaginar y generar iniciativas constructivas desde la ciudadanía para erradicar ciclos destructivos. Es en pocas palabras atreverse a construir paz desde la acción y la vigilancia del estilo de gobernanza de quien resulte electo presidente, para no permitir retrocesos en el camino ganado en la recuperación del valor de la vida.
La razón por la cual Iván Duque Márquez merece un voto de confianza, entre las opciones válidas de la segunda vuelta electoral , es porque primordialmente no será un presidente para el posconflicto, sino para el nuevo país. O no precisamente para el “nuevo país”, sino para aquella nación que durante décadas quiso prosperar a un ritmo mayor, con fundamento en sus empresarios, sus estudiantes, sus obreros, sus mujeres y sus campesinos, pero no pudo hacerlo por cuenta de la conspiración permanente fraguada al alero de una violencia aparentemente política que, a todas luces estéril, horadó trágicamente la dinámica social, le restó energía al bienestar general e impidió concentrar buena parte de la atención en los verdaderos problemas nacionales.
En ese sentido, Duque representa una mentalidad fresca que, como elemento característico, proviene de todo aquello que se quiso lograr con la Constitución de 1991, a partir de la fecunda explosión estudiantil de entonces y cuya pretensión, desde su origen, fue hacer un país adecuado a los tiempos contemporáneos.

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