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PRIETO, MI MEJOR MAESTRO.

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Desde que uso lentes fotocromaticos he logrado codificar mi ceguera para limitar mis salidas a los centros comerciales nocturnos. Es que llevar lentes es una historia porque la gente piensa muchas ironías y, solo le ofrecen a uno, algo de malta o cafés. Obvian que tenemos la oportunidad de protagonizar historias con alfombras mágicas y demás, lo más importante es que sabemos disfrutar nuestras vacaciones y la televisión es solo para la noche antes de dormir, antes de una buena lucha. Lo que más me traumatiza de éste gobierno es el internet, ya poco me resta inspiración a pesar de las llamadas para CANTV e incluso adquirí un móvil y observo deficiencias, de todos modos a mis 61 solo queda pasar a una modorra existencial y narrarle a mis alumnos universitarios, mis aventuras para tener la oportunidad de sobrevivir entre genios e informáticos que solo inspiran calamidades en la actual gestión bolivariana. Cuando menos, ahora me tratan de chico y no de tío. Recuerdo a Colombia, siempre tuvimos oportunidad de ir a Bucaramanga y Cúcuta para comprar los comestibles.

En la entrada de algunos colectivos existían  quintas con hermosas mujeres hermosas y el portero gentilmente me decía tío. Me veía sin identidad, pero, a la vez, tenía poca edad para ingresar a estos caserones. A la administradora, todos le decían tía. Y de repente, mis alumnos de educación media llamaban a sus profesoras tías, para no decirles prostitutas. Acá, en Venezuela copiamos todos, sin saber la procedencia de dichos modismos. De cierto, lo único que me atraía era el rock suave y música pop. Siempre voy al concierto que se realiza en la plaza de los enamorados para oír a viejos conocidos del salón de clases y que siempre me consideraron como su profesor. El tiempo, para ellos no ha circulado. La música, siempre me ha gustado oírla.

En mi vida, existió un profesor que nos o motivo a leer 17 obras de grandes autores y, tener siempre planificado un rutero para no desviarnos en  las vacaciones escolares, mi país en su calendario estudiantil observamos muchos días de asueto que llama a la flojera y fatiga porque todos nos encontramos a merced del ladronzuelo.  Siempre tenía un dispositivo para recrearme y los últimos días, preparaba mi bulto y me dirigía al seminario de La Grita o en las tardes visitaba las monjas en Tamare.

Ellas, eran muy especiales conmigo y contribuyeron en mi proceso formativo, me hacían dieta proteica y comprobaban de estar aseado, no me permitían comer colorantes y buscaban adaptarme a los contextos sociales. Es necesario lograr una buena convivencia para profundizar el aprendizaje, no hay recetas infalibles, siempre debe existir la buena voluntad de acometer la acción gráfica de un comportamiento y lograr incluirnos en grupos flexibles para la atención a la diversidad, saber distribuir nuestros espacios en la vida. Esto, nos ayuda a tener una coherencia informativa y tener un buen dialogo para fomentar la responsabilidad, exigencia y sobretodo, conocimiento de los conflictos.

Para aquel entonces, ir a clases significaba mucha alegría por ver a mi maestra, el maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa implemento que en las comunidades pequeñas, los grupos estudiantiles se corrieran hasta sexto grado con la misma maestra, para asegurarse el trato emocional entre educando y docente, ya en bachillerato existía un entorno habitual y, todos nos agrupábamos en pandillas constructivas para tener una buena interacción entre los compañeros y vecinos, eran modelos sociales solidarios, una estrecha colaboración para ir al mercado, cuando llegaban los camiones de comida del gobierno. Es impresionante ver hoy, aquellos compañeros de la infancia con los mismos valores y entusiasmo, es una agenda formativa amplia, gracias a mis maestros de la niñez y las monjas que, supieron darme un proyecto de vida a través de las lecturas y el correr por los patios escolares.

Clotilde, la monja de mayor edad cuidaba mucho de su piel. Siempre le daba cuidados intensivos y diseñaba un plan individual de tratamiento y cuidados faciales, su rostro recibía cremas y geles tres veces por semana y como rutina utilizaba sustancias despigmentantes y, por esto, una vez tuvo que ir al internista de una compañía petrolera.  Tenía pleno conocimiento de su exposición al sol y las manchas en la piel le producían un impacto negativo al observar a mujeres zulianas con el rostro oscurecido por pigmentaciones solares. Siempre llevaba un  pote con colágeno puro y lo tomaba con jugo de naranja o melón.

Nos enseño a tener un aprendizaje claro para derrotar el miedo y el ego y tener sentido en la orientación de nuestro trabajo, lo más cumbre es que no le daba vergüenza llevar siempre una carpeta donde se descifraba sus últimos resultados médicos y lo que implicaba cada ejercicio para el vivir cada día, también poseía un talento especial para darnos su alimento espiritual con unos versículos bíblicos en la mano. Lo más extraordinario de ella es que cuidaba de sus glándulas mamarias para evitar cualquier posibilidad de cáncer.

En el dispensario hacia su cola por el número para esperar en la antesala por el especialista, siempre me llevaba con ella. Se aseguraba en entender todas las indicaciones del médico especialista y luego conversaba con el nutricionista, jamás le vi comer ingerir comida chatarra ni refrescos, incluso, cuando el señor Vicente le llevaba junto a tres monjas a Cúcuta en un  Jepp por la trasandina. Su vejes fue feliz y tuvo una buena atención, porque, siempre fue una mujer ejemplar, aunque tenía hábitos religiosos.

En este tiempo, vengo escribiendo algunas experiencias relacionadas en mi adolescencia y lo que ha sido el punto de partida de mi vida e ir identificándome con ella, el maestro Luis Beltrán Prieto Figueroa me marco en su destino magistral junto a Clotilde, dejándome una constancia de sus aventuras y amores. Pero, ante todo, de su sueño espiritual.

 

 

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